Una psicología para la evolución espiritual (2da parte)

Dejar de Fumar es Facil • Julio 09, 2016 • Sin Comentarios

Continuando con el artículo anterior donde hablamos de las ideas del armenio George Ivánovich Gurdjíeff, mencionamos que la evolución espiritual del ser humano estaba relacionada con transformarse en una clase nueva de ser. Intuitivamente, esto significaría que se adquirirían nuevos poderes y facultades desconocidas en su situación actual. Sin embargo, también se deberán adquirir cualidades que el hombre / mujer supone poseer y dominar.

¿Qué facultades se arroga poseer y dominar el ser humano?

En el templo del oráculo Apolo, en Delfos Grecia, estaba inscrita la frase: “conócete a ti mismo”. Cabe señalar que en estos santuarios eran cuevas donde las personas iban a sanarse o a buscar una visión, ayunaban esperando que durante el sueño el espíritu les hablara sobre las raíces de su enfermedad, cómo sanar o bien respuestas a las preguntas que tenían. Cuando estamos en condiciones de profunda desintoxicación y aislamiento, nuestra mente deja de volcarse hacia afuera, hacia los objetos del mundo y se vuelve hacia dentro. En tales momentos, no existen excusas para no observar aquello que muchas veces se busca disimular a toda costa: aparecen nuestros miedos, inseguridades, creencias, que por lo general operan desde lo inconsciente. Solo tras un proceso de observación y no de negación, es que podemos ocuparnos de eso que nos impide avanzar o crecer, superar un trauma, o ver con claridad las opciones que tenemos frente a distintas situaciones.

La sabiduría emanaría de ello, y su falta en el mundo contemporáneo nos conduce a la situación actual de las cosas: una profunda crisis existencial, espiritual, ecológica.

Lo primero que el ser humano en su estado “normal” ignora, es que se comporta como un autómata. Esto quiere decir que responde reflejamente a estímulos externos. Todos sus pensamientos, emociones, acciones, palabras, humores son en respuesta a influencias exteriores o a recuerdos y memorias. Desde esta perspectiva y bajo estas condiciones, las personas no hacen nada por sí mismas, de motu proprio. El hacer consciente esta mecanicidad, es el primer paso para conocerse a sí mismo.
Segundo, el hombre tiene la ilusión que es un yo inmutable desde que nace hasta que muere, debido a que se identifica con su cuerpo físico, su nombre y una serie de hábitos que va adquiriendo producto de la educación o imitación. Sin embargo, lo cierto es que siempre es diferente, cada día nacen y mueren células en su cuerpo, va madurando, envejeciendo, se regeneran tejidos, este nunca es el que fue ayer. Lo mismo ocurre con su mente, se va complejizando, aprehendiendo nueva información, desechando otra, lo que determinará la manera de percibir, sentir, desear, opinar o actuar. Todo está en constante cambio.

Tercero, la consciencia. En un sentido ordinario, se entiende como inteligencia o actividad mental. No obstante, se refiere a la capacidad de estar presente, de observar el entorno, de reflexionar sobre lo que se sabe y lo que se ignora, de quién se es y dónde se está. No existe todo el tiempo ni permanece de la misma forma. Si una persona no estaba consciente, de pronto lo percibe, y nuevamente lo olvida, acá no hay consciencia. Cuando se está presente se genera memoria, de lo contrario no se recuerda. Este proceso, gracias a los diferentes recuerdos, va generando la idea de una “historia” lineal, que provoca la ilusión de una continuidad en el darse cuenta de sí.

La consciencia tiene propiedades: duración (cuánto tiempo), frecuencia (cada cuánto) y extensión / profundidad (sobre qué). Por medio de los esfuerzos correctos, se puede volver continua, mas requiere de disciplina y constancia, además de saber el cómo. Es acá donde la práctica de la meditación en sus primeras fases, nos ofrece una gran ayuda pues estabiliza y focaliza la atención. Por ejemplo, hagamos el siguiente ejercicio: traigamos nuestra atención a nuestro cuerpo, los latidos de nuestro corazón, nuestra inhalación y exhalación. Por diez segundos, veinte segundos, así hasta dos minutos.

Por lo general, esta es la duración máxima que podemos establecer nuestra atención en esta simple tarea. Si lo intentamos en seguida, quizás disminuya el tiempo que se puede realizar, y con la práctica iría aumentando. La consciencia no es leer enseñanzas espirituales ni hablar de manera profunda, es simplemente estar presente, segundo a segundo, por veinticuatro horas todos los días de la vida.

Además posee cuatro niveles: sueño, vigilia, consciencia de sí y consciencia objetiva. Por lo general los seres humanos “normales” viven en los dos primeros. Es difícil, dado lo explicado anteriormente, que una persona tenga una real consciencia de sí. Y más raro aún que posea una consciencia objetiva, donde se observa la realidad desnuda tal cual es. Esto se logra tras un largo aprehendizaje y transformación espiritual, y es a lo que se referían los maestros de la antigüedad.

Cuarto, la voluntad. Para desarrollar lo antes descrito, es necesario ponerse en movimiento. Sin embargo, si nos continuamos engañando a nosotros mismos, esta tarea será difícil o imposible, pues nadie pagaría un alto precio o esfuerzo por algo que ya tiene.

¿Qué clase de desarrollo es posible y cuándo comienza?

Antes de generar cualquier nueva facultad, el ser humano ha de conseguir aquellas que se arroga a sí mismo poseer. Primero, ha de desarrollar la capacidad de hacer (no automático), un Yo permanente, la consciencia y la voluntad. Entre las capacidades “nuevas” los textos budistas mencionan: clarividencia, clariaudiencia, conocer los pensamientos de los demás y sus vidas pasadas, ver las posibilidades futuras, entre otras. Puede parecer muy interesante, mas es irrelevante mientras no nos conozcamos a nosotros mismos.

Daniel Varas Sepúlveda.
Psicólogo diplomado en psicología positiva.
Fundador centro de concentración y sanación con plantas medicinales “Ojo de Luna”.
Monje Zen.
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